Cuando tú leas esto estaremos a las puertas de un nuevo año, 2016. A nivel físico, a un año del otro solo le separan minutos. En nuestra mente, sin embargo, es el cierre de un capítulo de la vida y la apertura de otro.

La realidad es que poco cambiará en ese lapso de tiempo. Los mismos montones de ropa por lavar, las mismas medias cuyas parejas quedaron perdidas en algún rincón de la casa, y nadie logra explicar por qué o cómo. Los mismos platos sucios. La misma rutina de cocinar y luego recoger la mesa. La misma frustración de mirar a los 12 meses que pasaron y pensar que de aquellas metas iniciales, muy pocas vieron la luz de triunfo. No hice ejercicios como quería ni organicé todos los closets y gavetas. Contemplaré el deseo de poder regresar y arreglar lo que hice mal o de hacer lo que solo quedó en buenas intenciones, o pasé por alto. 

Sí, los segundos que separan a un año del otro no cambian ninguna de estas cosas. En el plano humano, la vida sigue igual, como la canción. ¿Y en el divino? 

La realidad es que para Dios “mil años son como un día pasajero, tan breves como unas horas de la noche”. En el almanaque de Dios no hay mucha diferencia entre 2015 y 2016. Y a la vez, sí la hay. Cada año que termina nos acerca más al final, al regreso de Cristo. 

Trescientos sesenta y cinco nuevos días. Eso es lo que el Creador intemporal nos pone hoy delante. Cada uno de esos días será único e irrecuperable. Depende de nosotros cómo los viviremos y qué haremos con ellos. 

Si eres joven: “No dejes que la emoción de la juventud te lleve a olvidarte de tu Creador. Hónralo mientras seas joven, antes de que te pongas viejo y digas: «La vida ya no es agradable»” (Eclesiastés 12:1).

Si ya tus cabellos son como la plata y la piel dejó de ser tersa y lozana, que este sea el anhelo de tu corazón: “Ahora que estoy viejo y canoso, no me abandones, oh Dios. Permíteme proclamar tu poder a esta nueva generación, tus milagros poderosos a todos los que vienen después de mí” (Salmos 71:18).

Y en cualquier etapa de la vida, esto:

“Señor, a lo largo de todas las generaciones, ¡tú has sido nuestro hogar! Antes de que nacieran las montañas, antes de que dieras vida a la tierra y al mundo, desde el principio y hasta el fin, tú eres Dios. Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría… que el Señor nuestro Dios nos dé su aprobación y haga que nuestros esfuerzos prosperen; sí, ¡haz que nuestros esfuerzos prosperen porque los que viven al amparo del Altísimo encontrarán descanso a la sombra del Todopoderoso! 

Declaro lo siguiente acerca del Señor: Sólo él es mi refugio, mi lugar seguro; él es mi Dios y en él confío. Con sus plumas me cubrirá y con sus alas me dará refugio. Sus fieles promesas son mi armadura y protección. El Señor dice: ‘Rescataré a los que me aman; protegeré a los que confían en mi nombre. Cuando me llamen, yo les responderé; estaré con ellos en medio de las dificultades. Los rescataré y los honraré’”. (Basado en Salmos 90 y 91.)

Sí, definitivamente seguiré lavando platos, perdiendo medias… pero con todo y eso, incluso con las metas incompletas o los proyectos sin terminar (un recordatorio de mi imperfección y mi necesidad de Dios), recibo este regalo con las manos abiertas y me lanzo con Dios a la aventura, sigo adelante. Su diseño divino es perfecto y por eso, aunque no lo entienda todo, sé que siempre valdrá la pena vivir los 365 días que Dios me regaló. ¡Y espero que tú digas lo mismo!

Bendiciones en este 2016, ¡vamos a vivir como Dios lo diseñó