Los deseos de mi corazón…. ¡son tantos! Algunos son viejos ya, otros han ido cambiando de color y forma con los años. A veces son buenos y a veces… 
Y el otro día mientras repasábamos con los niños este, que fue nuestro versículo de la semana, otra vez me puse a meditar en los deseos de mi corazón.

Recuerdo cuando era una adolescente y leía este versículo, pensaba que si hacía todo lo que le agradaba a Dios, él —cual genio de la lámpara—, me daría todo lo que yo anhelara en mi corazón. 

Lo triste es que los años pasan y muchas veces seguimos pensando de la misma manera. Dios como el genio de la lámpara maravillosa que me dará “todas las peticiones de mi corazón”. 

¿Y acaso no es eso lo que tanto escuchamos ahora? “Confiésalo y será tuyo…el carro, la casa, el trabajo, los millones”, y quién sabe cuántas cosas más. 

Pero… ¿hasta qué punto es eso lo que promete Dios? 

Charles Spurgeon dijo en su libro The Treasury of David [El tesoro de David]: “Los hombres que se deleitan en Dios desean o piden solo aquello que agrade a Dios; por tanto es seguro darles carta blanca. Su voluntad está sometida a la voluntad de Dios y por tanto reciben lo que quieren. Aquí se habla de nuestros deseos más íntimos, no deseos casuales; hay muchas cosas que la naturaleza pudiera desear que la gracia nunca nos permitiría pedir; es para estos deseos profundos, cargados de oración, que se hace la promesa”. 

Deléitate… ¿qué quiere decir eso? En el hebreo original la palabra nos remite a una raíz que indica “disfrutar mucho algo, saborearlo”. ¿Y cómo puedo yo “saborear” a Dios? La misma Palabra nos contesta: Salmos 119:103. Conocemos a Dios en su palabra al punto de que esta nos resulta dulce como la miel. La saboreamos, nos deleitamos en ella, y así llegamos a conocer a Dios. Él se nos revela allí de una manera viva. Y al conocerlo así, mi relación con él pasa de mero conocimiento a experiencia profunda.  

Deleitarme en Dios, conocerlo tan bien, al punto de que mi corazón y el de él estén alineados, y mis deseos sean los de él. Nada más y nada menos. 

Y es que tenemos una lucha, como bien lo dice Pablo: “Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí…” Y las palabras de Juan nos ponen a pensar: “Pues el mundo sólo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo” (1 Juan 2:16).  

¿Cuáles son hoy los deseos de mi corazón, de tu corazón? ¿Deseos para darle gloria a Dios o deseos para satisfacer mi naturaleza humana, los deseos que pone delante de mí este mundo?

¿Estoy deleitándome en Dios, saboreando mi relación con él… o trato, en vano, de manipularla para que se convierta en una relación como la de Aladino con el genio? 

Amiga lectora, si algo he aprendido es que no hay bien fuera de Dios. Mis deseos incluso pudieran ser muy buenos, pero si no son los de Dios, ¿para qué buscarlos?  

¿Quieres vivir una vida abundante y plena, de verdad; una que no dependa de nuestras cuentas de banco, nuestras posesiones o nuestros logros? Aprendamos a deleitarnos en Dios, a saborear nuestra relación con él…y él nos concederá los deseos que realmente satisfacen a nuestro corazón.