Mirar de Lejos

Pero todos los conocidos de Jesús, incluso las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, se quedaron mirando desde lejos… (Lucas 23:49)

Por muchos años yo miré a Jesús desde lejos. No quería acercarme demasiado. Me pasaba un poco como a estas mujeres, aunque le había seguido prefería mirar desde lejos. ¿Motivos? Varios, diferentes. 

Primero por temor, acercarme demasiado implicaba transformación, nadie puede estar realmente cerca de Jesús y seguir siendo la misma persona. Y yo sabía que había cosas que no quería cambiar. Prefería seguir nadando entre dos aguas. Una noche de parranda, al otro día en la iglesia. Dos mundos. Pero solo podría seguir así si me mantenía a lo lejos. Mientras más me acercara a él, más evidente sería la decisión que tenía que tomar. 

Yo sabía intelectualmente lo que sabemos muchos seguidores de Jesús: “Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”, pero por años decidí ignorar lo que sabía y vivir en la tibieza.

Segundo, si me acercaba mucho me pasaría como a Pedro, hasta por el hablar se notaría y entonces, las personas que hasta ese momento me contaban entre sus amigos, podrían cambiar de opinión. En mi mente era mejor figurar en esa lista y no en la lista de Dios. No tenía valor para ir contra la corriente, para ser “diferente” en ese sentido. 

Quiero que me entiendas bien, Dios no nos llama a salirnos del mundo en que vivimos e irnos a un monte deshabitado. Si así fuera, ¿cómo podríamos comunicar a otros la verdad sencilla de que Jesús les ama y quiere darles vida eterna? Pero sí nos llama a ser “luz y sal” para el mundo en que nos ha tocado vivir. A Dios no le gustan las medias tintas, de hecho lo aborrece y prefiere que seamos una cosa o la otra. Él no quiere gente que mire de lejos, quiere seguidores dispuestos a acercarse tanto, al punto de que deje de verse el ser humano y los demás solo le vean a Él. 

Recuerdo perfectamente dónde estaba cuando Dios me confrontó con esta verdad. Estudiaba en la universidad y estaba sentada debajo de un árbol, sola. Y una vocecita suave en mi interior me dijo: “Tienes que escoger”. Ese fue el momento en que entendí que aunque conocía a Jesús como Salvador, no le conocía…o mejor dicho, no le permitía ser Señor de mi vida. Y escogí. No fue fácil. Llevo años en el proceso de transformación. Pero no me arrepiento. Si de algo tengo que arrepentirme es de no haber tomado la decisión antes.  

Me da tristeza ver cuánto de esto hay en el cristianismo del siglo 21, cuántas medias tintas por conveniencia, cuánta tibieza por comodidad o temor, o lo que sea. El precio que Jesús pagó para que tú y yo podamos llevar el nombre de hijas o hijos de Dios fue muy alto. No podemos llevar ese título y mirarle de lejos. Te desafío con la misma declaración que recibí de parte de Dios hace ya muchos años: “Tienes que escoger”. Si quieres vivir la vida que Dios diseñó para ti, tienes que empezar por alinearte con el diseñador. 

No se puede servir a dos señores al mismo tiempo. Lo dijo Jesús, no lo digo yo. 

 

 

Image via Grace Cortez